SanaSana me lleva por el mundo de los descubrimientos contradictorios. Un día el vino es lo mejor que te puedes tomar al levantarte y al siguiente mejor no acercarte ni a las uvas. Es lo que tiene la ciencia, que depende de por dónde la pilles o del día que tenga. Pues en ese trajín de buceo en páginas en las cuales me pierdo en las palabras un buen día, como hoy, descubro que la sinestesia está dentro de la ciencia. “Facultad poco común”. Así la describen en más de una página. Entre los poco comunes está esta Pixie a la que le costó descubrir que no todo el mundo veía las vocales con colores. Vamos, lo normal. Pues no, poco común. Pero no tanto. Dentro del, disque, extraño mundo sinestésico yo soy de lo más vulgar. De lo más común. Hay quien saborea las palabras y algunas le saben bien y otras no. Esto me parece un tanto desagradable, por lo que limita el lenguaje, pero sí me gustaría ver la música en colores (así hasta me sentiría como una heroína de Héroes). En mi caso ni los números tienen color, son de lo más aburridos. Sólo las vocales. Pero lo peor no es lo común de mi sinestesia poco común, sino otra facultad que los neurólogos aseguran que está asociada a esta facultad y que sí considero todo un poder: la memoria. Una buena memoria, una gran memoria se supone que tienen los sinestésicos. Pues a mí no me ha tocado. Ni de lejos. Ya tengo una desmemoria casi, casi legendaria. Y va a peor. Y eso que la ‘a’ sigue siendo roja, la ‘e’ amarilla, la ‘i’ verde, la ‘o’ blanca y la ‘u’ negra. Esto sí lo recuerdo. Pero, claro, es obvio.
La A es roja, claro
12 01 2010
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Es obvio, mi nombre es rojo y amarillo.
No, es rojo y verde
Todo eso se entiende si lees “Kafka en la orilla” de Haruki Murakami. Está clarísimo.
Yo la A la veo roja, pero a Murakami lo veo muy, pero que muy negro